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La irrelevancia del Consejo de Seguridad de la ONU

La irrelevancia del Consejo de Seguridad de la ONU

El teatro de la irrelevancia: La ilusión aritmética del Consejo de Seguridad de la ONU

Vivimos en una era obsesionada con la democracia, el consenso y la fuerza de las mayorías. Sin embargo, en el escenario más alto de la diplomacia mundial, existe una habitación donde las matemáticas básicas dejan de funcionar y donde la voluntad de la mayoría es, a efectos prácticos, papel mojado. Hablamos del Consejo de Seguridad de la ONU, una institución atrapada en una paradoja existencial que convierte sus votaciones en un mero trámite burocrático, a menudo absurdo.

Es fascinante, casi hipnótico, observar la cobertura mediática cada vez que el Consejo se reúne ante una crisis global. Se cuentan los votos, se analizan las abstenciones y se celebra si una resolución obtiene 13 o 14 votos a favor de los 15 posibles. Pero esta contabilidad es un espejismo. La realidad es que no importa cuántas manos se levanten a favor; solo importa quién decida mantener la suya bajada.

La dictadura de la minoría (de uno)

El diseño del Consejo de Seguridad otorga a cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) el derecho de veto. Este mecanismo no es una herramienta de ponderación; es un botón de apagado total.

La «absurdidad» radica en la futilidad del proceso deliberativo. Imaginemos un parlamento, una junta directiva o una comunidad de vecinos donde el 99% está de acuerdo en una medida urgente, pero una sola persona tiene el poder legal de anular esa decisión simplemente porque posee un estatus heredado de 1945. Eso es el Consejo de Seguridad.

Darle importancia a las «mayorías» en este órgano es no entender las reglas del juego. En el Consejo de Seguridad, 14 votos a favor y 1 veto en contra es igual a cero.

Un sistema congelado en el tiempo

El argumento a favor del veto suele ser la «estabilidad geopolítica», la idea de que las grandes potencias nucleares no deben ser arrinconadas. Sin embargo, el resultado es la parálisis crónica.

Cuando uno de los cinco miembros permanentes —o uno de sus aliados estratégicos— está involucrado en un conflicto, el Consejo queda automáticamente inhabilitado. Se convierte en un foro de discursos grandilocuentes diseñados para las cámaras, sabiendo de antemano que la resolución final nacerá muerta.

  • ¿De qué sirve debatir durante horas si el resultado ya está escrito en la agenda de una sola cancillería?

  • ¿Por qué seguimos validando un sistema donde la justicia internacional depende de que el agresor no sea amigo de uno de los «Cinco Grandes»?

La irrelevancia de la Asamblea General

A menudo se confunde el Consejo de Seguridad con la Asamblea General (el «pleno» de la ONU). Si bien en la Asamblea no hay veto, sus resoluciones suelen ser no vinculantes. El verdadero poder coercitivo (sanciones, intervenciones, cascos azules) reside en el Consejo.

Por tanto, prestar atención solemne a las votaciones del Consejo de Seguridad es participar en una ficción colectiva. Es pretender que existe un sistema de justicia global basado en reglas, cuando en realidad operamos bajo un sistema feudal donde cinco señores tienen inmunidad diplomática ante la lógica y la moral de la mayoría.

Conclusión: El rey está desnudo

Seguir legitimando las votaciones del Consejo de Seguridad como una expresión de la «voluntad internacional» es un error. Mientras exista el derecho de veto, el Consejo no es un órgano democrático ni representativo; es simplemente una mesa de negociación donde cinco potencias se aseguran de que nada cambie sin su permiso.

La próxima vez que leas un titular sobre una votación fallida en la ONU, no te indignes por la falta de mayoría. Indígnate por la existencia de un sistema donde la mayoría, por diseño, nunca tuvo la oportunidad de importar.

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Pedro1SB